Si los niños siempre obedecieran a sus padres, la vida de muchas personas sería mucho más tranquila. Sin estrés, sin discusiones, sin gritos. Todo iría sobre ruedas y la paz y la armonía reinarían entre todos los miembros de la familia. Lamentablemente, las cosas nunca son así. La verdad es que muchos padres se enfrentan a dificultades serias al manejar los sentimientos negativos de sus hijos. Cuando se rebelan, se quejan, lloran o hacen berrinches, empieza un conflicto agotador entre las dos partes que nunca lleva a ningún lado.
Lo cierto es que no es agradable ver a nuestro propio hijo expresar frustración. Nos hace sentir tristes e impotentes. Entonces, instintivamente, tratamos de alejar esa emoción negativa de nuestros hijos. Les decimos "¡no te enfades!" cuando pelean con un amiguito, o comentamos "no vale la pena molestarse tanto" cuando se enfadan durante un juego. Pero estas palabras rara vez tienen el efecto deseado. De hecho, la mayoría de las veces empeoran la situación. Imaginemos que estamos en su lugar: una mañana nos levantamos de mal humor, tenemos un mal día en el trabajo, y nuestros amigos o familiares nos dicen "no hay necesidad de ponerse tan nervioso". ¿Cuánto nos ayudaría una frase así? Muy poco. Entonces, ¿por qué la misma estrategia debería funcionar con nuestros hijos? Después de todo, aunque sean pequeños, ellos también son personas que están experimentando emociones negativas. ¿Qué podemos hacer entonces? Lo mejor es aceptar sus sentimientos, incluso los más desagradables. Es fácil solidarizarse con ellos cuando están felices, pero no lo es tanto cuando están tristes o enojados. Sin embargo, hay que hacerlo.
Veamos un ejemplo. Supongamos que tu hija está enojada con una amiga. Viene a ti y te dice que odia a esa niña y que no quiere jugar más con ella. El primer paso es evitar contradecirla. Mejor muérdete la lengua. El segundo es reflexionar sobre la emoción que la niña está sintiendo en este momento. El tercer paso es tratar de poner en palabras lo que siente. Podrías decir algo como "parece que realmente estás enojada con ella" o "el comportamiento de tu amiga realmente te ha molestado". De esta manera, se legitima la emoción negativa, se acepta, y así la niña se sentirá más acogida, comprendida, y tendrá una actitud diferente hacia ti.