Para que la sociedad sea verdaderamente libre y floreciente, debe estar conformada por individuos que cooperen entre sí voluntariamente siguiendo sus propios intereses. Trabajar para obtener beneficios personales tiene efectos positivos para toda la comunidad.
Por ejemplo, en la producción de un simple lápiz participan miles de personas que ofrecen sus servicios a cambio de una tarifa. Muchas de ellas nunca verán el producto terminado ni sabrán exactamente en qué trabajaron. No se conocen, probablemente hablan idiomas distintos y adhieren a religiones diferentes, pero su cooperación permitió que el lápiz fuera fabricado y luego comprado. En este intercambio, precisamente, es que debe basarse toda nuestra actividad económica. Al fin y al cabo, esto es lo afirmaba en sus textos, Adam Smith, padre de la economía moderna, especialmente en La riqueza de las naciones de 1776.
En realidad, si miramos más de cerca, nos daremos cuenta de que la economía no es el único ámbito en el que un sistema nace gracias a la cooperación entre individuos que siguen sus intereses. Por ejemplo, la lengua nació y evolucionó gracias al intercambio intenso entre individuos, y jamás fue impuesta ni planificada. Los beneficios provienen del hecho de que las personas en cuestión en algún momento llegan a un acuerdo sobre las palabras a utilizar. El conocimiento científico también se basa en el mismo principio. Los estudiosos colaboran entre sí motivados por el deseo de beneficiar a sus respectivas investigaciones. Además, los dos casos citados niegan la creencia de que el interés privado se orienta en todos los casos hacia los bienes materiales, y que es expresión de un gran egoísmo. De hecho, también puede representar otros valores, que van mucho más allá de nuestra cuenta bancaria.