Cuando estamos por convertirnos en adultos, pensamos que en esta etapa de la vida solo tendremos ansiedad, facturas por pagar y decisiones de las que dependerá nuestro futuro. Sin embargo, ser adulto no es solamente esto, ya que, ante todo, también significa cuidarnos y permitirnos tener la libertad de ser responsables de nuestras acciones. La edad adulta es un período de total independencia de los demás que sigue a la niñez y continúa hasta la vejez, cuando lo más probable es que necesitemos que alguien nos cuide, igual que cuando éramos niños.
No existe un único camino y cada persona tiene el derecho y el deber de elegir el camino que más le convenga. El paradigma vigente hasta el siglo XX identificaba la edad adulta con cuatro pasos: encontrar trabajo, ir a vivir solo, casarse y tener hijos. Sin embargo, este ya no es válido, ya que es solo una forma de vivir la vida, ni la mejor ni la peor. Tan solo una de muchas posibilidades infinitas.
Convertirse en adulto es un proceso, no una lista de verificación. No hay pasos preestablecidos que debemos cumplir, sino que se da por ensayo y error, ajustando el objetivo de vez en cuando. Las personas adultas aprenden a manejar lo desconocido con facilidad y a andar a oscuras, pero teniendo una idea clara de adónde quieren llegar.
Para tener una vida adulta lo más gratificante posible, primero debemos comprender qué queremos hacer (y también ser) cuando seamos mayores. Sabiendo que tener un trabajo no es opcional, porque ser económicamente independiente es uno de los elementos imprescindibles para cuidarnos, es posible (y de hecho recomendable) encontrar un trabajo que refleje nuestros intereses o nuestros talentos. A esto se suma la necesidad de rodearnos de un pequeño grupo de personas que nos conozcan de verdad, que nos quieran y nos apoyen a pesar de todo y a quienes amamos y apoyamos de la misma forma.